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Roberto Baggio y los 11 pasos de distancia a la gloria

El Renacimiento fue un periodo en el que el arte se resignificó. Las posturas eclesíasticas, la construcción de ideales y de corrientes a seguir, marcaron un antes y un después en las visiones convencionales. No es casualidad que la capital de la moda, el atrevimiento y la elegancia se encuentren en Italia, pues al igual que ahora, en el siglo XV los lienzos se plasmaron conceptualizando la subjetividad del artista en un foco medianamiente global; 500 años después, un chico de Vicenza actualizaría la obra.

El 18 de febrero de 1967, Matilde Rizzotti daría a luz a su sexto de ocho hijos concebidos con Fiorindo Rizzotti. En el norte de Italia nacería Roberto, quien a la postre se convertiría en un futbolista de talla internacional. ‘Il Divino’ comenzó su carrera deportiva con el cuadro de casa; el Vicenza en 1982. Tres años después se convirtió en futbolista de la Fiorentina, donde el cariño de la afición se lo ganó día con día. Con el cuadro ‘viola’ debutó en 1986, sin embargo, hasta 1987 marcó su primer gol ante el Napoli de Maradona; aquél partido lo enfrento a su primera prueba del Olimpo.

Baggio elude al arquero
Baggio con selección italiana (Foto: Especial)

El último grito de la moda

Baggio destacó por ser un futbolista que no se ensuciaba en el campo. A pesar del coraje que demostraba al pisar el césped, el deporte no podía ser concebido por el número ‘10’ sin elegancia; cada partido lo tomaba como una alfombra roja en la que lo fino, la técnica individual y la imaginación formaban parte del atuendo de ‘Roby’.

Para la temporada de 1990, Roberto firmó con la Juventus en un precio récord de transferencias: 10 millones de euros. Como a una madre que le arrebatan a su hijo, la afición de la Fiorentina protestó por la partida de su ídolo, mismo que se negó a cobrar un penalti cuando los enfrentó.

Desde clubes, parecía que el arte de Baggio quedaría firmado por el anonimato. Los títulos colectivos se le complicaron y pusieron en juicio si se debía a algún problema del jugador o a la forma en la que lo rodeaban sus compañeros. El chico se adjudicó un Scudetto de Serie A con la ‘Juve’ en 1995 y, previo a ello, una Coppa Italia, una UEFA Champions League y el Balón de Oro a mejor jugador de Europa en 1993.

Balón de Oro 1993
Baggio, Balón de Oro 1993 (Foto: Especial)

Con selección italiana, ‘Il Codino’ hizo estallar las gargantas de la afición en 27 ocasiones; jugó 56 partidos y disputó 3 Copas del Mundo, ésas últimas palabras fueron malditas para el hombre diferente. Baggio nunca pudo poner de moda su calidad, pues en todos los intentos se quedó a la orilla de la gloria.

La primera oportunidad se dió en 1990, cuando Italia fue anfitrión del Mundial. En su Copa y rodeado de estrellas como Baresi, Maldini o Bergomi, el conjunto azzurro deslumbró al resto de participantes con actuaciones alegres y prometedoras para consagrar su fútbol en tierras del Coliseo Romano.

La suerte del campeón le fingió una sonrisa al cuadro local; hasta semifinales todo pintaba para que el título se quedara en casa 4 años, sin embargo, jugar en Nápoles ante Argentina le plantó una paradoja a Baggio. La ciudad conquistada por Maradona, le dió el apoyo al astro albiceleste y la espalda a los suyos, tras el empate en tiempo regular, los sudamericanos avanzaron a la final por la vía de los penaltis. De nuevo el verdugo de Roberto apareció; el ‘pelusa’ exilió del Olimpo a la dinastía de la bota.

Con la espina clavada en la médula y en su mejor momento profesional, Baggio llegó a Estados Unidos 1994 con la misión de acabar las maldiciones antes puestas. “Una fase de grupos decepcionante”. Ésa fue la etiqueta que se leía en los diarios acerca del comportamiento de la selección italiana, pero el fútbol es un juego de resistencia, no de velocidad, quién mejor para entenderlo que aquél niño que esperó el sexto lugar en el vientre de su madre para nacer.

Baggio
Foto: Especial

Roby’ se echó a su equipo al hombro y marcó 2 goles para eliminar a Nigeria en octavos de final, 1 para vencer a España en cuartos y 2 más para acceder a la final a costillas de Bulgaria, ahí, en la disputa por la Copa, lo esperaba la siempre favorita selección de Brasil.

Saber si un instinto es correcto o no es cuestión de tiempo; basta con llevarlo a la realidad para demostrarlo. Baggio tenía en mente pasar de ser ángel a demonio (a la postre jugó con los diablos del Milan), pero no era el momento indicado para externarlo. Tras un aguerrido 0-0 en tiempo regular, llegaba el tren a la estación menos favorita del ‘10’, los penales.

Dunga marcó el que, hasta ése momento, tenía a Brasil como campeón por 3-2, pero la última palabra estaba en boca de ‘Il Divino’. Al mejor cazador se le escapó la liebre; el cobro decisivo fue errado por el hombre menos capaz de fallar, por quien ejecutaba como soldado y era incansable como máquina. 

El chico de Vicenza disputó su última Copa del Mundo en Francia 1998. Si de arte se trataba, su lugar era ahí. Después de una fase casi perfecta de grupos, donde se impusieron a Camerún y Austria y empataron con Chile, la selección de Italia se enfrentó a Dinamarca en octavos de final, donde por la mínima se colaron a la siguiente ronda.

El Museo de Louvre no dejó que otras piezas ingresaran al histórico recinto. El combinado galo recibió a los azzurros y de nuevo un marcador parejo los llevo a definir el pase desde los 11 metros. ‘Roby’ anotó su cobro, sin embargo, no bastó para conseguir las semifinales, los azules perdieron 4-3.

Baggio le recordó al mundo que dentro de los genes italianos ganar no es todo. Como sus antepasados, Roberto también pasará a la historia por lograr la mutación del arte sin alejarse demasiado de lo que planteó Da Vinci, Miguel Ángel o Bramante: la importancia de apreciar.

Miguel Enríquez | @MiguelEnriquezH

Sacrifico horas de sueño por un sueño más grande.